viernes, 23 de diciembre de 2011

La crisis blanca

(Por Olena Karpenko, 1º de Avanzado)

Aún me quedan cinco langostinos en el plato. A mi lado tengo al hermano de mi pareja sentimental y hasta puedo oler cómo me odia, no hace otra cosa que sonreirme, pero su sonrisa es más falsa que una moneda de 3 euros. ¡Cena navideña! Hay que aguantar estoicamente y seguir poniendo buena cara a todo el mundo y bien calladita, porque no me entenderían. Espero que mi suegra no me ofrezca por quinta vez el dichoso cardo. No me gusta el cardo, y además mi endocrino no me permite comer crema de almendras.

La verdad es que ni a mi familia política ni a mi nos ha afectado demasiado la crisis real. Podemos celebrar la Navidad con los parecidos menús, similares regalos, pero diferentes augurios. Es decir: mucho cardo, muchos langostinos (quizá ahora sean congelados) y, por supuesto, con mucho champán (es posible que sea de calidad dudosa, pero como no entiendo....).


Con nostalgia, recuerdo la nochevieja ucraniana (allí no se celebraba la Navidad) con mucha nieve y temperatura bajo cero. Me temo que para alegrarme de verdad esta mesa navideña haría falta aquel frío: los niños volviendo de la calle con la nariz roja y las orejas heladas,los adultos aliviados por el calorcito y todos los cristales de la casa empañados...

Yo siempre he asociado estas fiestas con nieve y con heladas. Creo que la crisis que más me afecta es la crisis blanca.

Un saludo,

Olena.

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