martes, 8 de septiembre de 2009

Podéis llamarme Á-gata

Queridos amigos:
Cada vez que visito el blog aprovecho para asomarme al rincón del gato. No lo puedo evitar, tengo debilidad por este fascinante animal desde siempre. Y es que yo, siendo boquerona (porque nací en Málaga la bella) me crié entre gatos. Si remontándome en el tiempo rebusco en mi memoria, veo gatos paseándose por los tejados de las casas del casco antiguo de Málaga. Este es uno de los primeros recuerdos de infancia que conservo, y también es uno de los más entrañables. Allí estaba sin duda el Señor Don Gato del que hablaba la canción que me cantaba mi abuela mientras me mecía en sus rodillas. Luego me llevaron a vivir a Madrid, la ciudad de los gatos por antonomasia. Y me aficioné a El Gato con Botas, mi cuento favorito, porque estaba en uno de los discos que me regalaron, y me gustaba tanto que le otorgué el nombramiento de "posesión más valiosa" en aquella redacción por la que me felicitó la profesora cuando tenía diez años (lo que en aquella época no me sucedía muy a menudo).
A los catorce o quince años mimeticé mi melancolía con la de "El gato que está triste y azul" y a los veinte, en Barcelona, bailé la rumba catalana de Gato Pérez.
Durante toda mi vida, no importa lo arisco que gato fuera, donde quiera que haya entrado que hubiera alguno, ha venido a restregarse en mi pierna o a sentarse en mi regazo, así que parece que la simpatía es mutua. Así que no es de extrañar que me guste dejarme caer por este rincón donde me siento como en mi propia casa.
Y si hasta ahora no se me había ocurrido enviar una colaboración, fue solo porque me parecía un atrevimiento, no siendo más que una simple pelagatos. Pero como me parece que el poema en cuestión merece su lugar en el rincón, aquí traigo la Oda al Gato, de Pablo Neruda, para goce y disfrute de todo aquel que lo desee.
Por cierto, me llamo Pilar, pero podéis llamarme Á-gata.
Oda al Gato (Pablo Neruda)
Los animales fueron
imperfectos,
largos de cola, tristes
de cabeza.
Poco a poco se fueron
componiendo,
haciéndose paisaje,
adquiriendo lunares, gracia, vuelo.
El gato,
sólo el gato
apareció completo
y orgulloso:
nació completamente terminado,
camina solo y sabe lo que quiere.

El hombre quiere ser pescado y pájaro,
la serpiente quisiera tener alas,
el perro es un león desorientado,
el ingeniero quiere ser poeta,
la mosca estudia para golondrina,
el poeta trata de imitar la mosca,
pero el gato
quiere ser sólo gato
y todo gato es gato
desde bigote a cola,
desde presentimiento a rata viva,
desde la noche hasta sus ojos de oro.

No hay unidad
como él,
no tienen
la luna ni la flor
tal contextura:
es una sola cosa
como el sol o el topacio,
y la elástica línea en su contorno
firme y sutil es como
la línea de la proa de una nave.
Sus ojos amarillos
dejaron una sola
ranura
para echar las monedas de la noche.

Oh pequeño
emperador sin orbe,
conquistador sin patria,
mínimo tigre de salón, nupcial
sultán del cielo
de las tejas eróticas,
el viento del amor
en la intemperie
reclamas
cuando pasas
y posas
cuatro pies delicados
en el suelo,
oliendo,
desconfiando
de todo lo terrestre,
porque todo
es inmundo
para el inmaculado pie del gato.

Oh fiera independiente
de la casa, arrogante
vestigio de la noche,
perezoso, gimnástico
y ajeno,
profundísimo gato,
policía secreta
de las habitaciones,
insignia
de un
desaparecido terciopelo,
seguramente no hay
enigma
en tu manera,
tal vez no eres misterio,
todo el mundo te sabe y perteneces
al habitante menos misterioso,
tal vez todos lo creen,
todos se creen dueños,
propietarios, tíos
de gatos, compañeros,
colegas,
discípulos o amigos
de su gato.

Yo no.
Yo no suscribo.
Yo no conozco al gato.
Todo lo sé, la vida y su archipiélago,
el mar y la ciudad incalculable,
la botánica,
el gineceo con sus extravíos,
el por y el menos de la matemática,
los embudos volcánicos del mundo,
la cáscara irreal del cocodrilo,
la bondad ignorada del bombero,
el atavismo azul del sacerdote,
pero no puedo descifrar un gato.
Mi razón resbaló en su indiferencia,
sus ojos tienen números de oro.
Y como veo que también hay canciones en diversos idiomas, aquí os dejo también un enlace con gato grande, en la maravillosa voz de Rosa León
Era un gato grande
Era un gato grande que hacía ro-ró.
Acurrucadito en su almohadón.
Cerraba los ojos, se hacía el dormido.
Movía la cola, con aire aburrido.

Era un ratoncito chiquito, chiquito
Que asomaba el morro por un agujerito.
Desaparecía, volvía a asomarse
Y daba un gritito antes de marcharse.

Salió de su escondite,
Corrió por la alfombra
Y miedo tenía
Hasta de su sombra.

Cuando al dar la vuelta
Sintió un gran estruendo: miau!
Vio dos ojos grandes
De un gato tremendo.

Sintió un gran zarpazo
Sobre su rabito
Y se echó a correr
Todo asustadito.

Y aquí acaba el cuento de mi ratoncito.
Que asomaba el morro por un agujerito.
Un abrazo,
Pilar Ruiz Ruiz - alumna de la EOI Nª 1 y representante del alumnado

2 comentarios:

An Arco dijo...

Hola, Pilar!!

¡Qué sorpresa! ¡No sabía que éramos dos "boquerones" en la lata de sardinas de la Escuela!
Además de gatos, boquerones!!!

Gracias por tu participación y por tus palabras tan bien tejidas y urdidas. Desde ahora te llamaremos Ágata y te rondaremos con un marramamiau.

Saludos cordiales

El extranjero dijo...

¡Que viva el atrevimiento! Al comienzo de esta historia intuíamos ojos brillantes en mitad de la oscuridad, como gatos "en llamas más allá de Orión". Y no nos equivocamos: hasta piedras preciosas había.