Cuchifrito. Ojibizco. Espasmocatapléjico.
Así me he quedado cuando he visto la contribución de mi amigo, compañero, adlatere, y desde hace unos días, no sólo Extranjero, sino Ex.
¡Qué cosas cuenta y cómo las cuenta! ¡Uno nunca acaba de aprender! Pero no he de decir más, porque supondrá que mis elogios son otra puñalada trapera de la que defenderse desasosegadamente. Así que no insistiré.
Él me llama Zorro porque llegué al puesto antes que él, pero no se da cuenta de que de Zorro sólo tengo el pelo marchito y ralo y que, más que un Zorro, lo que estoy hecho es un ocelote, con esta barriga inmisericorde que me avanza y se me adelanta en las presentaciones. Creo que el título de Sir Zorro se lo ha ganado él a pulso con todos estos años de deslizarse por el tobogán de la Administración. Ha sobrevivido y aún conserva una cierta sonrisa. Eso sólo puede hacerlo un zorro de nacimiento. Como él.
Pero, a lo que vamos: a la penúltima. Porque se dice –los patrios ya lo saben, aunque quizás los foráneos lo desconozcan- que nunca es la última, ya que la última es la inmediata precursora de la muerte. Y eso, en España, con la Seguridad Social tal y como está, es casi un palabra blasfema e inadecuada.
Pues, como he dicho, ya de aquellos pelos, sólo me queda este ralo estropajo con que adorno mis sienes y que noto que a veces se me mueve, no sé si por las tormentas racionales que suceden en el interior, o por falta del pegamento adecuado de la juventud. Y –perdóneseme el generalizar- creo que todos los que hemos llegado hasta aquí siempre hemos tenido en la mente esa frase de “…y que sea la última vez que hago estas tonterías…” Acaso no sean las mismas palabras, pero lo de “…y que sea la última…” creo que forma parte del campo léxico de la docencia.
Cuando empecé a dar clases, allá por el año 80, en plena euforia pilosa, sentía que tenía un mundo por delante y me tentaba pensar que podía cambiar el mundo discente a base de buena voluntad y savoire faire. (Sobre mi postura actual, véase el último párrafo)
El pudor, la vergüenza, la rojez facial y mi falta de libidinosa desnudez me impiden dar más datos que algunos trazos de aquello que pasó y que me hizo exclamar una y mil veces “la última, la última”. Desde apuestas arriesgadas en la puntuación, esperando quizás el milagro de que el listo fuera tan listo como para enderezar lo que se veía torcido, sin saber que el que va torcido, lo que necesita no es una nota animosa, sino una operación de cirugía oftálmica. Hasta comportamientos rígidos como el “salga Ud. ahora mismo de clase”, donde el Ud. se empleaba marcando claramente las sílabas y mordiendo cada una de sus consonantes, pese a ser sibilantes y oclusivas. Más de una vez, juré no volver a pronunciar ese “salga” y mucho menos masticar esas consonantes, ya que la mayor parte de las veces, todo terminó como empezó, dándome la vuelta hacia la pizarra y entonando la salmodia de Fray Luis de León al reintegrarse a las clases: “como decíamos ayer”, sin conseguir ni el más leve movimiento en el receptor, que me miraba con los ojos abiertos, cuando no sonriendo con una cierta sonrisa de desentendimiento, si no de franco cachondeo.
Entre todo esto, el franco interés por parte de la comunidad evangélica que se ha pasado estos últimos veinticuatro años preguntando año tras año por medio de diferentes perfiles “si tenía hijos” y “por qué no” o “si podemos conocer a tu mujer”, como si mi fertilidad fuera sincronizada con mi incapacidad docente o como si saberlo, les diera la razón última por la que a veces la química docente no funciona. ¡Pobrecita mujer mía, de lo que se ha librado!
O aquellos ejercicios que no se pudieron hacer por la manifiesta oposición de personas que creían que un horóscopo –pura excusa para usar el futuro Imperfecto- atentaba contra toda la obra de Dios.
En otras facetas que rozan lo docente, pero que tienen que ver más con los encontronazos o papirotazos de la Administración educativa, debo decir también que miles de veces mandibulé: “la última, la última”. Cuando en Secretaría informaron mal y a los alumnos se les pasó la fecha de matrícula y todos se lavaron las manos, sólo me quedó a mí –zorro despelado y sordo- la posibilidad de aceptar oyentes y de oír de todo menos encomios. O aquella en que se me pidió parecer en asunto burocrático. Consulté con las bases (id est, con mi Ex) y expusimos nuestra opinión racional, ajustada y bien razonada. ¿Resultado? Sin duda el contrario a nuestra opinión, por eso mascullamos ambos dos: “la última, la última”.
No sé, pero se han pasado estos años sin pena ni gloria –por no mencionar el estropicio que han hecho con mi pelucón y con mi ilusión- y ahora, en clase, cuando me preguntan por mi inveterada constancia en aparecer por las clases y mi falsa paciencia, suelo contarles que –al igual que se les pregunta a los niños pequeños qué quieren ser de mayores- mi mayor ilusión es ser fontanero. Como se podrá comprender, no entro en consideraciones escatológicas por no enturbiar la paz y armonías reinantes y la buena opinión de mis pupilos. Se sorprenden por ello, pero es que no les puedo explicar ni hacer comprender que esa labor es una labor grata en comparación con la actual.
Recuerdo a un alumno, americano, que fue el que me dio la idea –no por su incapacidad, sino porque a él mismo le seducía- ya que argumentaba a lo largo de redacciones, composiciones, expresiones orales y ejercicios de todo jaez que su mayor ilusión era trabajar como electricista en una obra en construcción, mientras que desdeñaba y odiaba el trabajar en casas habitadas. Cuestionada la causa, el defendía su maravillosa parcela de soledad en edificios con futuro, al contrario que en casas habitadas donde tenía que atender y dar conversación mientras se jugaba su humanidad al polo positivo o negativo.
En fin, no tengo perdón, ya lo sé. No debería haber escrito esto y mucho menos mostrar mi decepción con los tiempos. Pero es que ya el brillo dermatológico occipital me deslumbra ante el espejo, y cuando veo los estragos que la profesión ha hecho conmigo, no puedo menos que exclamar: “la última, la última, la última…”
En mi descargo, diré –ya que mi Ex menciona la literatura oriental y me deja epaté- que, pese a considerarme taoísta hasta las pestañas, recuerdo perfectamente aquel haiku japonés de un maestro zen, que ante el cuerpo muerto de su pequeña hija exclamaba:
“¡Ah, la muerte!
y sin embargo…
y sin embargo…”
Resumiendo: ¡¡¡Felices vacaciones y gracias a todos por participar en la celebración de estos 25 años!!!
Si nos juntamos, haremos más. Si nos mezclamos, lo haremos más rico.
domingo, 28 de junio de 2009
domingo, 21 de junio de 2009
La primera vez
Cuando todo esto (la nada) empezó, hace unos 25 años, iba de mano en mano un libro de Jesús Ferrero que venía encabezado por una cita de algún maestro de la sabiduría oriental: “La pureza extrema es no extrañarse de nada”. En su momento creí entenderla, o quizás fuera que me interesó entenderla e hice como que tal, pero con el devenir de los tiempos, cada vez más extraño y más impuro para los que me rodean, más extranjero, he terminado asumiendo que tampoco es mala esa capacidad infantil de maravillarse, que de vez en cuando no viene mal algo de extrañamiento. Si todo es un déjà vu, o finges que lo sea, apenas hay espacio para la sorpresa. Caerse del guindo a diario tampoco es bueno para los huesos. Así que lo dejaremos en un punto medio.
Es desde ese istmo desde el que escribo: entre el nihilismo y el infantilismo, bandeándome en esta profesión entre el pasmo más absoluto y el alucine perpetuo: permanentemente perplejo. En medio de este devaneo me ha dado por reconocer, a modo de pequeños estremecimientos, media docena de momentos en los que las cosas sucedieron por primera vez.
Mi primer día en el Departamento de Español fue, previa cita telefónica, con mi Jefe directo. Tercera planta, parte nueva, enfrente de Ruso. Llegado el día me presenté ante el entonces Zorro, que me recibió tras una enorme mesa de patas metálicas. Me reconoció enseguida: ave de paso. Estaría un añito… o dos a todo tirar, y a volar. Se equivocó en los pronósticos. Como me dio la información justa y precisa, y las llaves necesarias, sin más órdenes, y yo soy de poco preguntar, pensé que me lo estaba poniendo sospechosamente fácil. Pero fue tal cual: no había letra pequeña. Pide lo que necesites y se te dará (solo si lo hay, apuntó). Me entregó de segunda o tercera mano un Fórmula 1 (¡así se llamaba el viejo método de Santillana!) y me autogestioné, me autoabastecí y me autorreciclé, al más viejo estilo: dándole al martillo en los boxes y entrenando a tope en los simuladores.
Lección número uno: Dándole la vuelta a la primera ley de Murphy, “Si algo puede salir bien, saldrá bien”.
O bien, contraviniendo el quinto corolario de la misma ley: “Cuando las cosas se dejan a su aire, el viento se coloca en popa (a favor)”.
A mi primera Prueba de Nivel, pocos días después, llegué quince minutos tarde. Los autobuses de La Oscense, cuando aún no había autovía Huesca-Zaragoza, tenían esas cosas. El Jefe aceptó mis excusas, pero su mirada al bies dejó claro que, de repetirse, aquello podía convertirse en una película de John Wayne, con las sillas volando por los aires y el pianista en los pedales.
Lección número dos: Si algún día tienes que retrasarte, nunca lo hagas en tu primer día de trabajo.
O bien: No duermas con tu novia en Huesca la víspera de tu primer día de trabajo.
Para mi primera clase en la Escuela, año 1994, pedí la lista de clase el viernes anterior con el fin de habituarme al exotismo de los nombres. Venía de un sitio en donde pronunciar mal la doble ele final (de Meritxell Bofarull, por ejemplo) suponía una condena por etnocentrismo. Entré en la 305 pensando que entre Weifen y Weifan, Andrea y Andreas, Olesya y Alesya, nadie iba a ser capaz de responder ni de subir la cabeza. Pero no fue así: todos a la altura de mi esfuerzo, alumnos más agradecidos que susceptibles.
Lección número tres: No hay ningún nombre “impronunciable”, como les gusta decir a los periodistas deportivos.
O bien: Decir Jorge Gutiérrez es mucho más difícil que decir Qin Qin.
A las seis o siete semanas escuché el primer comentario del Jefe (debo decir que tenía alumnos “infiltrados” en mis clases): “Me da a mí que eres un fajador”. No supe entonces si tomarlo como un cumplido o como una admonición. Con el tiempo lo ha sustituido por “correoso”, y he dado en pensar que ya entonces era un cumplido, pues me estaba diciendo que, tambaleantes y boqueando y aun con el tabique nasal partido, era capaz de aguantar asalto tras asalto, sin muestras evidentes de desfallecimiento, hasta el toque de campana, hasta el final del tercer torito, la tercera clase de 90 minutos que dábamos día tras día con el consentimiento de la autoridad competente.
Lección número cuatro: En el cuadrilátero del Departamento no se arroja la toalla fácilmente.
O bien: Aun cuando suene la campana (el viejo timbre en nuestro caso), sigue dando mamporros, aunque sea al aire.
La primera cena con alumnos (creo que fue en “El fuelle”) la pasé corrigiendo, a petición de los alumnos, los usos del subjuntivo, de los complementos indirectos y los reflexivos, y hasta hubo quien preguntó por las normas de uso de las preposiciones.
Lección número cinco: Deja todas las preguntas contestadas en clase.
O bien: Apúntate a la moda del enfoque comunicativo: decir buffffffffff! a veces es suficiente.
Para la primera clase de este curso que termina preparé una de esas multimedia, con conexión inalámbrica a internet, ordenador portátil y cañón de proyección sobre pizarra blanca. Lo dijo Hitchcock: “Se empieza con un terremoto, y de ahí hacia arriba”. Lo dijo Flaubert: “Pour épater le bourgeois”. Pero, cosas del directo (Hitchcock era maestro del suspense y Flaubert del desnudo), aquel 1 de octubre todo salió mal. Ni hubo conexión consistente a internet ni sonido mínimamente audible ni más cañón que el del corazón. Y di toda una lección de improvisación, al más puro estilo hispano. La futura delegada preguntó algo sobre los Niveles del Marco Común Europeo de Referencia para las Lenguas y ahí me agarré, solté el rollito, lo estiré ante una audiencia solidaria y agradecida y pospuse en el youtube la canción Maneras de vivir (Leño), que era lo que tenía previsto. Fue el comienzo de una larga amistad con aquel Segundo de Avanzado (primer cuatrimestre 2008/09), que aún dura, barbacoa mediante.
Lección número seis: Dedica al menos una hora de cableado previa a tu primera clase.
O bien: Contrata un mínimo de un par de técnicos (uno informático y otro de sonido).
O bien: Empieza el curso de una manera normal; formal.
Corolario: En el Departamentodondenuncapasanada no pasa nada.
O bien: No pasa nada en el Departamentodondenuncapasanada.
Ha habido más. Más veces y más primeras. Más íntimas y más bonitas. Como la primera vez que nos presentaron a la bajada de los Ibones Azules, o la primera vez que la vi, yo pensando que era aquí, y resultó que fue en Viena, según me aclaró. Y también más íntimas y de otra índole, más dolorosas. Pero mi exhibicionismo no da para tanto. Y aquí seguimos, recosidos y recompuestos, esperando la próxima primera, que a buen seguro no será la última.
miércoles, 17 de junio de 2009
CUENTOS & CUENTISTAS
Boris Vian, el ingeniero renegado
Dueño de un gigantesco y variopinto talento encerrado en un corazón débil, Boris Vian nació en los alrededores de París en 1920 y murió en 1959, a los 39 años, cuando tenía tanto para dar. Narrador exaltado, compositor de canciones, mecánico, músico y crítico de jazz, traductor de novela negra, cantante, poeta, dramaturgo y actor, estudió para ingeniero, pero apenas graduado desertó de tan árida profesión. De todos modos ideó proyectos delirantes, imposibles de construir aunque meritorios, como sus propuestas de puentes para París. Con el seudónimo de Vernon Sullivan dejó novelas memorables: Escupiré sobre vuestras tumbas y La espuma de los días. Su personaje recurrente es un negro blanco que apoya a sus hermanos de raza contra la injusticia. Vian es un sucesor de la patafísica de Jarry, del dadá y del surrealismo, pero lo suyo está marcado por el humor de su época y el sarcasmo absurdo, no por la filosofía de moda ni la política en boga.
Hay una canción suya, El desertor, que resume mejor que ninguna otra obra la
violencia que la guerra ejerce sobre los olvidados en los lamentos: esos soldados que van a morir sin saber por qué ni para qué. Boris Vian se inició como cuentista, publicando en revistas, con seudónimos extravagantes como Bison Ravi (bisonte encantado: su anagrama) y Hugo Hachebuison. Sus mejores cuentos se hallan en dos colecciones: Las hormigas (1949) (en esta colección se encuentra el cuento Blues pour un chat noir) y El hombre-lobo (1945-52), obra póstuma. Vian tuvo que batallar para que lo publicaran y debió soportar juicios por obscenidad y otras humillaciones.
El cuento “Las hormigas”, que lleva el título del primer volumen, ironiza sobre el
frente de batalla, en un ambiente de trincheras como el de la guerra del 14, donde
hombres anónimos enloquecidos se destrozan mutuamente, perdida ya toda dignidad y racionalidad. “Discípulos aplicados” se ocupa de una escuela de policías, de ésas donde sirven sopa de macho cabrío para estimular los instintos represivos de los educandos. Por supuesto, los libros provocan dolor de cabeza a la pareja de flics (policías, en argot) que protagoniza el cuento. Un final trágico muestra que, en el fondo, los esbirros son casi humanos. Vian se mofa con dureza de esa caterva que odiaba con toda su alma.
También odiaba a Sartre, de quien se dice lo transformó en cornudo, quitándole a la mujer que amaba. Y detestaba a los intrusos, los ruidosos, los fantoches. Su cuento “El viaje a Khonostrov” muestra el acoso, hasta el límite de la tortura, a que es sometido el pasajero de un tren que quiere descansar tranquilo, sin conversar ni entretenerse, lo cual es inaceptable para sus eventuales compañeros de viaje. Boris Vian sufrió mucho por su mala salud, y tales pesares se hallan patentes en “El cangrejo”, un cuento amargamente poético, que se sustenta con cruda exactitud en los síntomas de la fiebre tifoidea, con esos sudores malolientes y esas cefaleas insoportables. Aunque el relato es particularmente significativo porque la agonía del músico enfermo, imposibilitado de tocar, se revela tan similar a la que él mismo debió sentir.
Tanto como la música, Boris Vian amaba a los gatos. En “Blues para un gato
negro” se trata de la pérdida y recuperación de un felino bastante aguerrido, caído en una alcantarilla tras una humillante derrota frente a un gallo (destinado a morir en la olla, dicho de paso). De allí lo salva una tropa de bohemios parisinos, deliciosamente descritos; pero el animal, bastante parlanchín y osado con las damas, termina por sucumbir gracias a una sobredosis de licor de menta durante la celebración de su rescate.
La pasión de Vian por los gatos se compensaba quizá con su metafórica bronca contra los perros. Su cuento negro “Los perros, el deseo y la muerte”, que forma parte del volumen El hombre lobo, resume mucho de lo que lo hizo infeliz, le dio intranquilidad, lo alejó del placer de la vida, lo condenó a morir joven. Un cuento raro, terrible, sádico, muy triste, que muestra que tras sus ingeniosidades, sus juegos de palabras intraducibles (si uno puede, hay que leer a Boris Vian en francés), sus bromas pesadas y sus guiños, fue un hombre que estuvo siempre acompañado del dolor, de la frustración, del asedio de la ingrata muerte. Con todo ello hizo arte durante su breve vida.
María José Morte
(Para conocer algo más sobre los gatos en la literatura francesa, pincha aquí)
Dueño de un gigantesco y variopinto talento encerrado en un corazón débil, Boris Vian nació en los alrededores de París en 1920 y murió en 1959, a los 39 años, cuando tenía tanto para dar. Narrador exaltado, compositor de canciones, mecánico, músico y crítico de jazz, traductor de novela negra, cantante, poeta, dramaturgo y actor, estudió para ingeniero, pero apenas graduado desertó de tan árida profesión. De todos modos ideó proyectos delirantes, imposibles de construir aunque meritorios, como sus propuestas de puentes para París. Con el seudónimo de Vernon Sullivan dejó novelas memorables: Escupiré sobre vuestras tumbas y La espuma de los días. Su personaje recurrente es un negro blanco que apoya a sus hermanos de raza contra la injusticia. Vian es un sucesor de la patafísica de Jarry, del dadá y del surrealismo, pero lo suyo está marcado por el humor de su época y el sarcasmo absurdo, no por la filosofía de moda ni la política en boga.Hay una canción suya, El desertor, que resume mejor que ninguna otra obra la
violencia que la guerra ejerce sobre los olvidados en los lamentos: esos soldados que van a morir sin saber por qué ni para qué. Boris Vian se inició como cuentista, publicando en revistas, con seudónimos extravagantes como Bison Ravi (bisonte encantado: su anagrama) y Hugo Hachebuison. Sus mejores cuentos se hallan en dos colecciones: Las hormigas (1949) (en esta colección se encuentra el cuento Blues pour un chat noir) y El hombre-lobo (1945-52), obra póstuma. Vian tuvo que batallar para que lo publicaran y debió soportar juicios por obscenidad y otras humillaciones.
El cuento “Las hormigas”, que lleva el título del primer volumen, ironiza sobre el
frente de batalla, en un ambiente de trincheras como el de la guerra del 14, donde
hombres anónimos enloquecidos se destrozan mutuamente, perdida ya toda dignidad y racionalidad. “Discípulos aplicados” se ocupa de una escuela de policías, de ésas donde sirven sopa de macho cabrío para estimular los instintos represivos de los educandos. Por supuesto, los libros provocan dolor de cabeza a la pareja de flics (policías, en argot) que protagoniza el cuento. Un final trágico muestra que, en el fondo, los esbirros son casi humanos. Vian se mofa con dureza de esa caterva que odiaba con toda su alma.
También odiaba a Sartre, de quien se dice lo transformó en cornudo, quitándole a la mujer que amaba. Y detestaba a los intrusos, los ruidosos, los fantoches. Su cuento “El viaje a Khonostrov” muestra el acoso, hasta el límite de la tortura, a que es sometido el pasajero de un tren que quiere descansar tranquilo, sin conversar ni entretenerse, lo cual es inaceptable para sus eventuales compañeros de viaje. Boris Vian sufrió mucho por su mala salud, y tales pesares se hallan patentes en “El cangrejo”, un cuento amargamente poético, que se sustenta con cruda exactitud en los síntomas de la fiebre tifoidea, con esos sudores malolientes y esas cefaleas insoportables. Aunque el relato es particularmente significativo porque la agonía del músico enfermo, imposibilitado de tocar, se revela tan similar a la que él mismo debió sentir.
Tanto como la música, Boris Vian amaba a los gatos. En “Blues para un gato
negro” se trata de la pérdida y recuperación de un felino bastante aguerrido, caído en una alcantarilla tras una humillante derrota frente a un gallo (destinado a morir en la olla, dicho de paso). De allí lo salva una tropa de bohemios parisinos, deliciosamente descritos; pero el animal, bastante parlanchín y osado con las damas, termina por sucumbir gracias a una sobredosis de licor de menta durante la celebración de su rescate.
La pasión de Vian por los gatos se compensaba quizá con su metafórica bronca contra los perros. Su cuento negro “Los perros, el deseo y la muerte”, que forma parte del volumen El hombre lobo, resume mucho de lo que lo hizo infeliz, le dio intranquilidad, lo alejó del placer de la vida, lo condenó a morir joven. Un cuento raro, terrible, sádico, muy triste, que muestra que tras sus ingeniosidades, sus juegos de palabras intraducibles (si uno puede, hay que leer a Boris Vian en francés), sus bromas pesadas y sus guiños, fue un hombre que estuvo siempre acompañado del dolor, de la frustración, del asedio de la ingrata muerte. Con todo ello hizo arte durante su breve vida.
María José Morte
(Para conocer algo más sobre los gatos en la literatura francesa, pincha aquí)
martes, 16 de junio de 2009
324 + 4 + 4 + 4 + 4 + 4 + 2 = 346
Mª PILAR ALIAGA BESCÓS
ZARAGOZA
ESPAÑA
Comentario: Seremos 4 gatos…
¡¡Pero qué gatos señores!!
¡¡WONDERFUL MIAU´S!! CHAPEAU!!
IJJ
ZARAGOZA
ESPAÑA
Lourdes Azlor Barrera
Tarragona
España
Comentario: Mi gato tiene un par de narices
Edad: 10 años
Salomé Monreal Louly
Kourou
Guyane (Francesa)
Comentario: Cabeza de GATO
Francisco Azlor Barrera
Tarragona
España
Comentario: Me gustan los gatos
7 años
Patricia Aznar
Zaragoza
España
Paula Aznar Bernal
Zaragoza
España
ROSARIO
ZARAGOZA
ESPAÑA
Comentario: que rico……..
SARAH
ZARAGOZA
ESPAÑA
Comentario: HOLA COMPAÑEROS
aure
Zaragoza
españa
Comentario: MIAU – MIAU – que feo soy
ROSARIO SARAH
ZARAGOZA
ESPAÑA
Comentario: QUÉ CANSADO ESTOY
Paula la Olvidadiza
Nomeacuerdo
Semehaolvidado
Comentario: La maja vestida gatuna, ji ji ji
Raquel lopez aznar
zaragoza
España
Comentario: El gato navideño
Pablo Lopez
Zaragoza
España
Comentario: El super gato
Inés Seguí Iglesia
Comentario: La gatita cuenta cuantos gatitos hay.
Patrick Numumba
Nairobi
Kenia
Comentario: El gato que me comeria

Rosa
Comentario: Os mando la postal de gatos que venden en Roma. Como les encantan las ruinas, hay gatos por todas partes. Para tener hasta su postal!! Y los gatos italianos dicen MIAOOO. Ciao
Almuth Bethge
Stendal
Alemania
Comentario: La foto está hecha en Hecho

Pedro
Comentario: Ver tanto gato (misino en mi pueblo) en vuestro blog me ha invitado a darme una vuelta por el mundo y ha habido uno tieso, estirado que me ha llamado la atención. No sé, me hace pensar en algo, en alguien.... Seguiré pensando hasta que lo encuentre. En attendant, os lo envío ....

Ëldelbar Martínez
En un lugar de la Mancha
cuyo nombre no quiero acordarme
Comentario: “Guauu”

ANA
ZARAGOZA
ESPAÑA
Comentario: NINGUNO

Pepita Martínez
En un lugar de la Mancha
cuyo nombre no quiero acordarme
Comentario: “Miaauuu”
Almuth BethgeStendal
Alemania
Comentario: La foto está hecha en Hecho

Pedro
Comentario: Ver tanto gato (misino en mi pueblo) en vuestro blog me ha invitado a darme una vuelta por el mundo y ha habido uno tieso, estirado que me ha llamado la atención. No sé, me hace pensar en algo, en alguien.... Seguiré pensando hasta que lo encuentre. En attendant, os lo envío ....
Ëldelbar Martínez
En un lugar de la Mancha
cuyo nombre no quiero acordarme
Comentario: “Guauu”
ANA
ZARAGOZA
ESPAÑA
Comentario: NINGUNO
Pepita Martínez
En un lugar de la Mancha
cuyo nombre no quiero acordarme
Comentario: “Miaauuu”
lunes, 15 de junio de 2009
Ano
Ano, culo en castellano. Sobre la interacción y las pruebas unificadas.
Zuckerman (Philip Roth, Sale el espectro, Mondadori, Barcelona, 2008) ha vuelto a Nueva York tras un largo periodo de retiro en los Berkshires, en pleno campo. Enfermo, se había alejado del trato social, de las reuniones, de las cenas, los estrenos, el cotilleo cultural, y en los tres últimos años, pocas veces había leído un periódico ni escuchado noticias. Había dejado atrás la vanidad, en suma. Pero al volver al mundo, vuelve a enamorarse. Ella es una atractiva joven recién casada que quiere ser escritora. Él imagina conversaciones, recrea situaciones en las que los dos se tantean en un esbozo de intimidad, en una relación que recuerda a la del protagonista con su mecanógrafa en Diario de un mal año, de Coetzee:
Ella
Me gustaría ser tu amiga.
Él
¿Por qué?
Ella
Porque no tengo a nadie como tú.
Él
No me conoces
Ella
Es cierto. No tengo esta clase de interacciones.
Él
¿Tienes que usar ese lenguaje? Eres escritora: elimina “interacciones”.
Ella
(Riendo) No tengo conversaciones como esta. No vivo situaciones como esta.
Él
No pretendía corregirte. No es asunto mío. Perdóname.
(Roth, Philip, Sale el espectro, pág., 129-30)
Desde que el término “interacción” pasó a ser frecuente en el ámbito de las Escuelas Oficiales de Idiomas a raíz de la instauración de las llamadas pruebas unificadas, había intentado ser transigente con mi antipatía visceral hacia él. Me reprochaba a mí mismo ser un tiquismiquis, siempre a la búsqueda de la tercera pata del gato. También pensaba que quizá en el fondo estaba haciéndole pagar al término el disgusto que me producían las pruebas unificadas en sí mismas y, sobre todo, el entusiasmo hacia ellas que percibía a mi alrededor. Siempre me pareció que el nuevo sistema de evaluación escondía una parte de deslealtad hacia el grupo de alumnos que constituye una clase, entendida como conjunto de personas con un interés común consensuado, enriquecido por un margen aceptable de heterogeneidad. A la ceremonia en la que a veces se cruzan felizmente los intereses del grupo con los del profesor también se le llama clase en español. Otras lenguas permiten distinguir mejor entre ambas cosas: cours y classe, en francés, o lezione y classe, en italiano. El ritual, el cours, la lezione, debe desembocar en una verificación del proceso, la evaluación, que yo entiendo como un acto íntimo de responsabilidad, en el sentido de que debe tender a ser lo más fiel posible a lo impartido, a la manera de impartirlo, en suma, al proceso de aprendizaje que se ha verificado de forma única e irrepetible en cada grupo. Las pruebas unificadas tendrán, supongo, unas ventajas que no son objeto de estas líneas, pero adulteran y condicionan en exceso ese carácter singular de experiencia común, de recorrido pactado hacia el conocimiento de una materia que he descrito. Tanto es así que ciertas disposiciones recientes, como por ejemplo la tendencia a que el profesor de un grupo participe como protagonista no tanto en la elaboración como en la ejecución de los exámenes, formando, a ser posible, parte del tribunal en el que se juzga a sus alumnos, intentan probablemente corregir la tensión innatural que provoca el sistema. Que durante el proceso que condujo a la implantación de las pruebas unificadas sólo se vieran ventajas en el nuevo sistema me parecía que revelaba cierto conformismo, cuando no una suerte de ceguera en la que se intentaba hacer, como se suele decir, arte de la necesidad. No dudo de que la unificación tenga aspectos positivos, pero también los tiene negativos y la valoración de estos últimos brilló por su ausencia. Yo, desde luego, tuve que hacer de tripas corazón y no digamos ya cuando cualquier atisbo de crítica era interpretado como un acto de deslealtad hacia los miembros de las comisiones o directamente de sabotaje. Por todo ello, pensé que mi antipatía hacia el término “interacción” podía ser un síntoma colateral del proceso.
Cuando leí las líneas de Roth que he citado al principio, volví a reflexionar sobre la cuestión, porque mi intolerancia gástrica hacia el término seguía viva. No sé si en el original de la novela la palabra inglesa será interaction (48.500.000 apariciones en Google de written interaction y más de 16.000.000 de oral interaction), pero la traducción citada no deja de ser significativa sobre el hecho de que el término puede producir cierto repelús. Que probablemente sea un vulgar calco de la expresión inglesa podría bastar para que rechinara en castellano. Por contradictorio que parezca, tampoco diría mucho a su favor el aura de prestigio derivada de su amplio uso en las publicaciones sobre didáctica y sociolingüística y su pertenencia a esa jerga pseudo científica que tanto ayuda a algunos a ganarse la vida y a impartir cursillos varios. Pero, sobre todo, interacción creo que me disgusta porque pertenece a esos términos que, siendo ajenos a nuestro acervo cultural, aceptamos por desatención o inercia. Es fácil que, sin que medie ninguna reflexión crítica, hagamos nuestras las palabras y, con ellas, el discurso de instancias superiores.
Tengo la impresión de que todo está perdido y de que ya son muchos los que se sirven del término con total naturalidad, a veces casi como si estuvieran nombrando algo hermoso y distinto de un diálogo, una conversación o una redacción. Pronto acabaremos por ir al bar para interactuar (¿o interaccionar?) oralmente un rato, por leer novelas como Interacción oral en la catedral o Interacciones escritas marruecas, dos grandes tareas escritas de nuestra literatura, creadas por dos grandes interactores siguiendo complejas especificaciones ligadas a sabios descriptores. Francamente, el término me raya y cuando se junta con el adjetivo oral me hace pensar en los títulos de las películas eróticas de los años setenta. Aunque no sé si así voy a conseguir afeárselo a alguien.
Un último intento de rescate del término podría provenir de su consideración como vocablo técnico-científico. Pero, entonces las dudas surgen de nuevo, porque si con el término expresión, pareja feliz de interacción, nos estamos refiriendo a los rasgos dominantes de las modalidades discursivas en las que prima el carácter expositivo que no busca una respuesta inmediata en el interlocutor, su oposición neta a la interacción (entendida como modalidad de discurso en que se busca un intercambio constante de información y estímulo con el interlocutor) es engañosa. Porque, tanto en la expresión como en la interacción así entendidas hay presencia constante de la otra modalidad. Ni la expresión es un monólogo lanzado al vacío (entre otras cosas busca obtener un buena puntuación del tribunal y, además es una suerte de diálogo con un interlocutor ideal) ni la interacción carece de lo que podríamos llamar micromonólogos. Si por el contrario, interacción se opone al monólogo de la prueba oral en tanto que mera parte de una prueba dividida en dos ejercicios, además de lo expuesto, y de la poca fortuna estética del término, cabe señalar que monólogo debería oponerse más bien a diálogo. Yo creo para la descripción y establecimiento de criterios valorativos de corrección, de los que tan necesitados estamos, sería mejor hablar de aspectos expresivos e interactivos tanto en el monólogo como en la recreación de la situación. Por ejemplo, el alumno que a pesar de dar muestras de variedad y riqueza lingüísticas y enorme corrección, coherencia interna y cohesión consume demasiado tiempo en el diálogo y tiende a convertir sus intervenciones en monólogos que restan fluidez al diálogo debería quizás ser penalizado en adecuación.
Recuerdo a un catedrático de griego de la Universidad Complutense que, seguramente en busca del ideal clásico de sencillez y claridad, sustituyó el mensaje cursi y relamido de su contestador automático (“…deje un mensaje después de oír la señal”) por un castizo “deje el recado cuando oiga el pitido”. Yo pienso que muchos alumnos cuando oyen hablar de interacción oral deben sentirse como si yo llevara el coche al taller por una avería y el encargado me mirara con aire de entendido y me dijera que padece una disfunción mecánica o como si, extremando las cosas, al ver el suelo sucio de mi casa me recordaran mis parientes que debemos higienizar el pavimento en lugar de fregar. Es, en fin, una cuestión meramente terminológica, pero resulta que los términos revelan actitudes, gustos, imprecisiones, confusión...
J. Brox
Zuckerman (Philip Roth, Sale el espectro, Mondadori, Barcelona, 2008) ha vuelto a Nueva York tras un largo periodo de retiro en los Berkshires, en pleno campo. Enfermo, se había alejado del trato social, de las reuniones, de las cenas, los estrenos, el cotilleo cultural, y en los tres últimos años, pocas veces había leído un periódico ni escuchado noticias. Había dejado atrás la vanidad, en suma. Pero al volver al mundo, vuelve a enamorarse. Ella es una atractiva joven recién casada que quiere ser escritora. Él imagina conversaciones, recrea situaciones en las que los dos se tantean en un esbozo de intimidad, en una relación que recuerda a la del protagonista con su mecanógrafa en Diario de un mal año, de Coetzee:
Ella
Me gustaría ser tu amiga.
Él
¿Por qué?
Ella
Porque no tengo a nadie como tú.
Él
No me conoces
Ella
Es cierto. No tengo esta clase de interacciones.
Él
¿Tienes que usar ese lenguaje? Eres escritora: elimina “interacciones”.
Ella
(Riendo) No tengo conversaciones como esta. No vivo situaciones como esta.
Él
No pretendía corregirte. No es asunto mío. Perdóname.
(Roth, Philip, Sale el espectro, pág., 129-30)
Desde que el término “interacción” pasó a ser frecuente en el ámbito de las Escuelas Oficiales de Idiomas a raíz de la instauración de las llamadas pruebas unificadas, había intentado ser transigente con mi antipatía visceral hacia él. Me reprochaba a mí mismo ser un tiquismiquis, siempre a la búsqueda de la tercera pata del gato. También pensaba que quizá en el fondo estaba haciéndole pagar al término el disgusto que me producían las pruebas unificadas en sí mismas y, sobre todo, el entusiasmo hacia ellas que percibía a mi alrededor. Siempre me pareció que el nuevo sistema de evaluación escondía una parte de deslealtad hacia el grupo de alumnos que constituye una clase, entendida como conjunto de personas con un interés común consensuado, enriquecido por un margen aceptable de heterogeneidad. A la ceremonia en la que a veces se cruzan felizmente los intereses del grupo con los del profesor también se le llama clase en español. Otras lenguas permiten distinguir mejor entre ambas cosas: cours y classe, en francés, o lezione y classe, en italiano. El ritual, el cours, la lezione, debe desembocar en una verificación del proceso, la evaluación, que yo entiendo como un acto íntimo de responsabilidad, en el sentido de que debe tender a ser lo más fiel posible a lo impartido, a la manera de impartirlo, en suma, al proceso de aprendizaje que se ha verificado de forma única e irrepetible en cada grupo. Las pruebas unificadas tendrán, supongo, unas ventajas que no son objeto de estas líneas, pero adulteran y condicionan en exceso ese carácter singular de experiencia común, de recorrido pactado hacia el conocimiento de una materia que he descrito. Tanto es así que ciertas disposiciones recientes, como por ejemplo la tendencia a que el profesor de un grupo participe como protagonista no tanto en la elaboración como en la ejecución de los exámenes, formando, a ser posible, parte del tribunal en el que se juzga a sus alumnos, intentan probablemente corregir la tensión innatural que provoca el sistema. Que durante el proceso que condujo a la implantación de las pruebas unificadas sólo se vieran ventajas en el nuevo sistema me parecía que revelaba cierto conformismo, cuando no una suerte de ceguera en la que se intentaba hacer, como se suele decir, arte de la necesidad. No dudo de que la unificación tenga aspectos positivos, pero también los tiene negativos y la valoración de estos últimos brilló por su ausencia. Yo, desde luego, tuve que hacer de tripas corazón y no digamos ya cuando cualquier atisbo de crítica era interpretado como un acto de deslealtad hacia los miembros de las comisiones o directamente de sabotaje. Por todo ello, pensé que mi antipatía hacia el término “interacción” podía ser un síntoma colateral del proceso.
Cuando leí las líneas de Roth que he citado al principio, volví a reflexionar sobre la cuestión, porque mi intolerancia gástrica hacia el término seguía viva. No sé si en el original de la novela la palabra inglesa será interaction (48.500.000 apariciones en Google de written interaction y más de 16.000.000 de oral interaction), pero la traducción citada no deja de ser significativa sobre el hecho de que el término puede producir cierto repelús. Que probablemente sea un vulgar calco de la expresión inglesa podría bastar para que rechinara en castellano. Por contradictorio que parezca, tampoco diría mucho a su favor el aura de prestigio derivada de su amplio uso en las publicaciones sobre didáctica y sociolingüística y su pertenencia a esa jerga pseudo científica que tanto ayuda a algunos a ganarse la vida y a impartir cursillos varios. Pero, sobre todo, interacción creo que me disgusta porque pertenece a esos términos que, siendo ajenos a nuestro acervo cultural, aceptamos por desatención o inercia. Es fácil que, sin que medie ninguna reflexión crítica, hagamos nuestras las palabras y, con ellas, el discurso de instancias superiores.
Tengo la impresión de que todo está perdido y de que ya son muchos los que se sirven del término con total naturalidad, a veces casi como si estuvieran nombrando algo hermoso y distinto de un diálogo, una conversación o una redacción. Pronto acabaremos por ir al bar para interactuar (¿o interaccionar?) oralmente un rato, por leer novelas como Interacción oral en la catedral o Interacciones escritas marruecas, dos grandes tareas escritas de nuestra literatura, creadas por dos grandes interactores siguiendo complejas especificaciones ligadas a sabios descriptores. Francamente, el término me raya y cuando se junta con el adjetivo oral me hace pensar en los títulos de las películas eróticas de los años setenta. Aunque no sé si así voy a conseguir afeárselo a alguien.
Un último intento de rescate del término podría provenir de su consideración como vocablo técnico-científico. Pero, entonces las dudas surgen de nuevo, porque si con el término expresión, pareja feliz de interacción, nos estamos refiriendo a los rasgos dominantes de las modalidades discursivas en las que prima el carácter expositivo que no busca una respuesta inmediata en el interlocutor, su oposición neta a la interacción (entendida como modalidad de discurso en que se busca un intercambio constante de información y estímulo con el interlocutor) es engañosa. Porque, tanto en la expresión como en la interacción así entendidas hay presencia constante de la otra modalidad. Ni la expresión es un monólogo lanzado al vacío (entre otras cosas busca obtener un buena puntuación del tribunal y, además es una suerte de diálogo con un interlocutor ideal) ni la interacción carece de lo que podríamos llamar micromonólogos. Si por el contrario, interacción se opone al monólogo de la prueba oral en tanto que mera parte de una prueba dividida en dos ejercicios, además de lo expuesto, y de la poca fortuna estética del término, cabe señalar que monólogo debería oponerse más bien a diálogo. Yo creo para la descripción y establecimiento de criterios valorativos de corrección, de los que tan necesitados estamos, sería mejor hablar de aspectos expresivos e interactivos tanto en el monólogo como en la recreación de la situación. Por ejemplo, el alumno que a pesar de dar muestras de variedad y riqueza lingüísticas y enorme corrección, coherencia interna y cohesión consume demasiado tiempo en el diálogo y tiende a convertir sus intervenciones en monólogos que restan fluidez al diálogo debería quizás ser penalizado en adecuación.
Recuerdo a un catedrático de griego de la Universidad Complutense que, seguramente en busca del ideal clásico de sencillez y claridad, sustituyó el mensaje cursi y relamido de su contestador automático (“…deje un mensaje después de oír la señal”) por un castizo “deje el recado cuando oiga el pitido”. Yo pienso que muchos alumnos cuando oyen hablar de interacción oral deben sentirse como si yo llevara el coche al taller por una avería y el encargado me mirara con aire de entendido y me dijera que padece una disfunción mecánica o como si, extremando las cosas, al ver el suelo sucio de mi casa me recordaran mis parientes que debemos higienizar el pavimento en lugar de fregar. Es, en fin, una cuestión meramente terminológica, pero resulta que los términos revelan actitudes, gustos, imprecisiones, confusión...
J. Brox
martes, 9 de junio de 2009
23 imágenes (09/05/2008)
23 son los pares de cromosomas que contiene el núcleo de una célula humana. El denominado par 23 determina uno de los rasgos más definitorios: el sexo. 23 son los segundos que tarda la sangre en recorrer el cuerpo humano. A partir de ahora, 23 serán también las imágenes que resuman aquel viaje a la Huesca verde y profunda, en el que la inestabilidad climatológica contrastó con el buen rollo general.
1. Hace dos decenas de miles de años, sobre los acantilados de la Sierra de Guara que dan al Vero…
9. Lo llaman arte esquemático.
miércoles, 3 de junio de 2009
24 imágenes (08/05/2009)
La tasa estándar a la que graban las cámaras para asegurar la sensación de continuidad de movimiento es la de 24 fotogramas por segundo. Y esa ha sido la cifra de imágenes elegida para resumir el 8 de mayo de 2009: 10 horas, 3 pueblos, 45 alumnos, 3 profesores, 28 grados, 24 imágenes.
2. Taller Escuela de Cerámica de Muel. Marta, la guía, hace una demostración práctica.
6. El Casino de Aguarón. Sobre un suelo ajedrezado, a la izquierda se sientan los unos y a la derecha los otros. Eso nos dijeron.
8. El camarero ucraniano de Aguarón se ventila cincuenta pedidos en quince minutos, pero no recibe aplausos.
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